Visita al Parque de la Amistad: Algo más que un parque

“Todos aquellos que cruzan el puente, saltan, aunque sea para sentir un poco de esa frescura infantil que se oye alrededor.”

Cuando uno se acerca al cruce de Benavides con Caminos del Inca visualiza a lo lejos un majestuoso Arco, casi salido de un cuento de hadas, más aún si es una noche de sábado, lo que se presenta ante los ojos es un mix a los sentidos: música, risas, el sonido de un tren, el olor a mazamorra morada o anticuchos, las luces que te invitan a entrar y a revivir un poco del pasado.

 El famoso Parque de la Amistad fue fundado en el año 2009 y tiene como principal atractivo una réplica del Arco del Triunfo regalado por España al Perú, este parque es maravilloso de día por las actividades que se pueden realizar a aquellas horas como: subir al arco, andar en los botes pedalones o pasear en el tren, pero dicen por ahí que la noche aumenta encantos y eso sucede con este lugar.

Daban las 9:00 pm cuando una cámara cruzaba el umbral del parque, por afuera una hilera de autos pegadisimos por la falta de espacio en el estacionamiento indicaba que había algo más por ver. La sola iluminación del Arco desprendía un aire de secretismo y quizá diversión oculta en un lugar cuya mayor concurrencia se da de día. Los oidos nos guian el camino y cruzar el pasadizo invisible que forman los árboles es casi una indicación de lo que nos espera dentro. Toparse con una gran estructura iluminada desde el interior, cuyas puertas se abren para descubrirte maravillosas exposiciones de arte, ese es el Centro Cultural del Parque de la Amistad que casi siempre abre a partir de las 6:00 pm.

Muchos “carritos” aún están armados, aquellos que venden los antojos más dulces, desde un algodón de azucar que todas las enamoradas evitan para no ensuciarse y que los niños piden a gritos para embarrarse las manos, la cara y todo lo que les sea posible. Los churros y las manzanas también están presentes aguardando.

Cruzando una hermosa hilera de arcos verdes se encuentran los enamorados, cada uno ha encontrado su lugar secreto y pueden conversar a gusto mientras el flash lejano no llegue a ellos y es que pocos metros más allá una enorme laguna, llena de patos y peces naranja , sirve de alfombra para el Arco que imponente cuida todo el territorio, recordandonos que él es el protagonista esa noche.

Un aroma peruanísimo hace girar el cuello a los lados mientras que el estómago exige la ubicación visual de esos manjares, confusión entre anticuchos, suspiros y picarones, la noche nos invita a tomar asiento y escuchar un viejo vals con Pisco a la mano. El patio de comidas no solo sabe a costa, sabe a sierra y a selva, sabe a Perú.

Cruzamos un puentecito colgante para regresar, con el estómago lleno y la miel en los labios, a uno le provoca saltar y eso hacen todos, saltan para hacer vibrar el puente y luego sonreirse por lo que acaban de hacer. Un restaurant italiano iluminado hasta en la chimenea tienta con el olor a pastas y un ambiente algo bohemio, la próxima entraré allí dicen algunos, pero sabemos que no pasará, que volveras por un tacacho o una porción de turrón.

Una novia está esperando frente al parque, parece perdida en el cielo, parece amar la brisa que mueve columpios dormidos, espera y le regala una última imagen a mi lente dejandome perfectamente claro que para muchas personas, ese parque es y será más que eso, es quizá un viaje al recuerdo.

Paola Cotrina

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